jueves, 25 de noviembre de 2010

COP16 (Parte 3/3)

Y después de 2012, ¿qué?

Todo apunta a que el desarrollo de la COP16 será, como la novela de García-Márquez, la crónica de una muerte anunciada. Mientras la comunidad científica y gran parte de la sociedad civil demandan medidas urgentes contra el cambio climático, al tiempo que se desesperan ante la inacción que impera en este tema, ya se ha descartado la aprobación en Cancún de un acuerdo legalmente vinculante que fije medidas concretas de reducción de emisiones a escala global. La Unión Europea tiene una nueva oportunidad para recuperar el liderazgo perdido, aumentando el compromiso unilateral de reducción de emisiones para 2020, un 30% respecto a los niveles de 1990, y multiplicando los esfuerzos para conseguir la aprobación del tan esperado acuerdo lo antes posible, como muy tarde en la COP17 que se celebrará en Sudáfrica el año que viene.

Después de 2012, año en que expira el primer periodo de compromiso del Protocolo de Kioto, los estados miembros deben haber acordado un segundo periodo de compromiso con reducciones concretas de emisiones para los países que forman parte del Anexo I del Protocolo (los países industrializados), con metas para 2020 y también 2050. Esta reducción debe ser, de acuerdo a las recomendaciones del IPCC, de entre el 25 y el 40% para 2020 con respecto a los niveles de 1990, y de entre el 80 y el 95% para 2050. También será necesario establecer otro acuerdo que establezca los compromisos contra el cambio climático de los países que no forman parte del Anexo I del protocolo, los países en desarrollo. Estos países deben, con la ayuda financiera de los países desarrollados, limitar su crecimiento de emisiones entre un 15% y un 30% para el año 2020. Es muy posible que estos recortes deban aumentarse, pues según gran parte de la comunidad científica, el IPCC se quedó corto en su último informe: el glaciólogo estadounidense Gordon Hamilton advirtió en una reciente entrevista que “el último informe (del IPCC) sólo recogía los avances científicos hasta 2005, y las predicciones que hizo en 2005 no eran ni tan siquiera realistas.” Estados Unidos, por supuesto, debe cambiar radicalmente su actitud obstruccionista y aceptar su enorme responsabilidad en la crisis climática, comprometiéndose a fuertes recortes de emisiones en los próximos años, mayores que el 17% que comprometió voluntariamente tras el acuerdo de Copenhague.

Este es un momento crítico en la historia de la humanidad. Nuestros líderes políticos deben hacer caso de una vez por todas a las recomendaciones de los científicos, cuando se agota el tiempo para detener el cambio climático. La crisis climática no supone un riesgo para el futuro de la vida en nuestro planeta, pues ya se han experimentado cambios igual (o más) graves y radicales en el pasado, y aquí seguimos. Lo que sí que supone es una evidente amenaza para la supervivencia de la humanidad. Sabemos que hace falta actuar de inmediato para evitar una catástrofe a escala global, y a pesar de ello, las cosas siguen igual que hace unos años.

A esta conducta se le han asignado muchos calificativos: tremendamente irresponsable, inconsciente, estúpida, o incluso suicida. Y lo que parte del mundo se pregunta en estos momentos, antes de que los líderes mundiales dejen pasar una nueva oportunidad para detener el cambio climático, es: ¿hasta cuándo?


Fuentes bibliográficas consultadas
- Guía para periodistas sobre cambio climático y negociación internacional, Secretaría de Estado para Cambio Climático, MARM.
- Posicionamiento de la Coalición Clima sobre la COP16.
- 'Fourteen days to seal history's judgment on this generation', The Guardian, editorial.
- Posición de Greenpeace sobre el acuerdo de Copenhague.
- Convención Marco de las Naciones Unidas sobre el Cambio Climático.
- Archivo de EFEverde.

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