viernes, 23 de septiembre de 2011

Relato de una fugaz visita a El Cabril

Encajonado entre los montes de la Sierra Albarrana, en un remoto rincón al oeste de la provincia de Córdoba, la repentina aparición de El Cabril en medio del paisaje resulta sorprendente para el visitante. El Cabril es el único almacén de residuos radiactivos de baja y media actividad de nuestro país, el lugar dónde se almacenan residuos procedentes de diversas fuentes, como la medicina nuclear o las centrales nucleares.

Los orígenes de El Cabril hay que buscarlos en los años 60, cuando la JEN (Junta de Energía Nuclear) empezó a almacenar basura nuclear en una mina de uranio abandonada en los alrededores del actual recinto. Pronto se comprende que es conveniente tener esos residuos peligrosos bajo control, y para ello se construye una planta de tratamiento y varios módulos de almacenamiento, que el régimen franquista mantendrá en secreto durante algunos años. Las actuales instalaciones, propiedad de Enresa, se inauguraron en Octubre del año 1992.

Y allí fuimos de excursión, invitados por Enresa, como parte del Seminario Internacional de Periodismo y Medio Ambiente (SIPMA), que se está celebrando del 21 al 23 de Septiembre en Córdoba. Como aclaración, Enresa es la empresa pública que gestiona los residuos nucleares, y también la principal patrocinadora del SIPMA. Tras casi dos horas de viaje en autobús desde Córdoba, Eva Noguero, la directora de la instalación, nos dio allí la bienvenida explicando qué es El Cabril y atendió a algunas dudas, entre ellas, la gran pregunta: ¿Cuándo se llenará El Cabril? “Calculamos que podría haber cabida de residuos de media y baja actividad hasta el 2026, aunque es una estimación”, explicó. En esa estimación entra que las centrales nucleares españolas no alarguen su vida útil y sean desmanteladas según lo previsto. Ahora mismo, la capacidad de El Cabril está cubierta al 65% en residuos de baja y media actividad, y tan sólo al 2% en residuos de muy baja actividad.

Después de la charla de Noguero, empezamos el juego que habían preparado para que conociésemos El Cabril. Divididos en cuatro equipos, disponíamos de hora y media para visitar algunos puntos clave de las instalaciones, dónde un responsable nos daría una explicación de dónde estábamos, y hacer una foto de cada uno de esos lugares.

Bases de los contenedores de hormigón en los que se almacenan residuos radiactivos.


La primera parada fue en la nave dónde se construyen los contenedores en los que se almacenan los residuos de baja y media actividad: son cubos de hormigón de 15 centímetros de espesor, con una capacidad de casi 4.000 litros, y un peso de nueve toneladas. “Los contenedores tienen que cumplir una durabilidad -300 años- y una resistencia concreta”, nos explicó Jose Antonio Vaquera, responsable de la fabricación de los contenedores. Desde allí cogimos el autobús –El Cabril ocupa 20 hectáreas- para ir a la Sala de Control, dónde se supervisan la mayoría de procesos que se realizan en las instalaciones: por ejemplo, los sistemas de seguridad, o el incinerador de residuos. ¿Incinerador como en Marcoule? Según Carlos Abrisqueta, el responsable de la Sala de Control, no es posible que se produzca un accidente como el de Marcoule, “allí se fundía metal y aquí no, y se hace a menos temperatura. “

Para la siguiente parte de la visita tuvimos que pasar por el puesto de control de Protección Radiológica (PR), dónde nos explicaron que todos los trabajadores llevan dosímetros personales que miden la radiación mensualmente y que tienen un carnet radiológico en el que se registra la radiación recibida durante toda su vida. El paso por el PR marcaba la entrada a la parte más “inquietante” de la visita, al menos para alguien que, como yo, no había estado nunca en una instalación nuclear ni había pasado por tantas puertas con el típico panel de aviso: ‘Zona de Irradiación’. “En el laboratorio controlamos la composición de los residuos que se van a recibir, para saber si cumplen los criterios de aceptación –como actividad o resistencia física- marcados por el CSN”, nos contó José Vicente Muñoz, el jefe de servicio del Laboratorio de El Cabril. Preguntado por si se sentía tranquilo trabajando en un lugar así, rodeado de material radiactivo, Muñoz respondió que “la nuclear es una industria con los riesgos de cualquier otra, y las normas de seguridad son mayores que en otras industrias”. Seguridad, seguridad, seguridad: los operarios de la central insistieron mucho en este punto, quizá intentando convencernos de algo, quién sabe.

Medidores personales de radiación, en el puesto de control PR.

 Corriendo nos fuimos a la Red de Control de Infiltraciones, las verdaderas entrañas de El Cabril: largos túneles recorridos por tuberías, excavados bajo las estructuras donde se almacena la basura radiactiva. Las tuberías salen del techo, de los sumideros que hay en cada una de las celdas de almacenamiento, y controlan que el agua que se filtra por las celdas no esté contaminada por la radiación. Según explicó Marta Arroyo, nuestra guía en la red de túneles, las tuberías y los túneles están diseñados para servir durante los 300 años que los residuos nucleares almacenados en El Cabril mantendrán su actividad radiactiva. Otro tipo de control, esta vez en la superficie, es el que cumple el Plan de vigilancia radiológica ambiental, que toma muestras del aire, del suelo, del agua superficial o de la fauna de la zona para comprobar el impacto que las instalaciones tienen en el entorno. El responsable de este tema nos aseguró que los parámetros ambientales se mantienen respecto a las mediciones que se tomaron antes de que comenzara la actividad de almacenamiento de residuos.



Lo que se ve en la foto es la plataforma de almacenamiento norte, uno de los dos lugares donde se almacenan los residuos de baja y media actividad en El Cabril. La plataforma, que tiene 16 celdas con 320 contenedores de hormigón por celda, está ya llena de basura radiactiva. Aún queda realizar su sellado definitivo, que consiste en tapar la plataforma con grava, arcilla para impermeabilizar, tierra, y por último, repoblar con plantas autóctonas de raíz corta para mantener el sustrato. De ese modo se busca mantener aislados los residuos nucleares, y al mismo tiempo, recuperar el monte que vaciaron para construir la plataforma. Enterrados y radiactivos durante 300 años.    

Acabamos la jornada con una comida en el antiguo poblado minero, discutiendo sobre medio ambiente, el futuro del periodismo, y un poco de todo. El balance de la jornada: una interesante visita, aunque me hubiese gustado recorrer las instalaciones con más calma, con tiempo para hacer todas las preguntas que se quedaron en el aire. Quizá tengamos la oportunidad el año que viene, en el XV SIPMA.

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